Fundamentación

El trabajo áulico es la puesta en escena de múltiples problemas teóricos y políticos. Es en el aula donde se juegan los conceptos y las experiencias que han ido construyendo el conocimiento pedagógico que el docente despliega en cada estrategia didáctica que planifica o que realiza.

Enseñar y aprender son modos de intervenir en lo más singular e íntimo de cada sujeto. No es un problema de técnicas ni de estrategias solamente. Necesita de ambas pero no se agota en ellas, puesto que recuperar lo placentero y reparador del acto educativo implica reconocer antes que nada que no se trata de fórmulas ni de procedimientos metodológicos.

La cultura del zapping y de los mundos virtuales nos coloca en una posición difícil como docentes. La decadencia de la autoridad patriarcal nos ha dejado sin argumentos de autoridad; la estética de los efectos especiales anula la posibilidad de una ética solidaria que interpele a sujetos sociales, políticos, con deberes y derechos que puedan asumir plenamente y con responsabilidad social.

La didáctica, o las didácticas, implican opciones técnicas que el docente puede hacer, pero siempre entendiendo que estas opciones técnicas responden a criterios pedagógicos que el docente debe atender y, sobre todo, fundamentalmente, entendiendo que hay una posición ética que se debe reconocer como indispensable a la hora de enseñar algo a alguien.

Pensar la didáctica es realizar una reflexión acerca de cómo enseñamos, cómo aprenden nuestros alumnos determinados contenidos a través de determinados ejercicios y actividades que se realizan de determinada manera porque tenemos, como docentes, determinados objetivos que esperamos cumplir. Pensar la didáctica es, entonces, reflexionar acerca de nuestra práctica.

¿Podemos seguir pensando en las escuelas como hoy las conocemos? En alumnos sentados en aulas que tienen bancos individuales y un pizarrón negro o verde (liso, sin efectos especiales) delante, al que no queda más alternativa que mirar y copiar? ¿Cómo operar desde este ámbito para que se produzca algo del orden del aprendizaje y la educación? ¿Seremos capaces de cambiar nuestras escuelas, hacer frente a esta posmodernidad ahuecada y ofrecer a nuestros alumnos un mundo desde el cual modificar, transformar, recrear solidaria y éticamente?

Se nos hace necesaria una nueva escuela, una nueva educación, nuevos modos de socialización, nuevos procesos de subjetivación, cambiar el orden dado, advertir la complejidad de la mirada, otorgar nuevos sentidos a nuevas maneras de pensar y decir y hacer las cosas. Podemos pensar que se trata de una relación entorpecida y fracasada de la pedagogía con lo humano, con el conocimiento, con la ciencia y la tecnología y, en la estética escolar advertimos aquel sueño de transparencia de la razón ilustrada.

Una estética que elimina el error, el borrón, que se afirma en los positivos, que elimina los negativos, las dudas, los quizá. Una estética de lo blanco, de lo pulcro, prolijo, sin pasión ni confusión. La estética de la escuela desecha la pasión del cuerpo, lo confuso del deseo, lo ininteligible de las palabras, lo espectral de la (dis)capacidad.

Repensar hoy la educación y la escuela, transformarla y darle nuevos sentidos, implica así, antes que nada, reconocer que es imprescindible recuperar lo singular, placentero y reparador del acto educativo.

Otorgarle al aula el poder de constituirse en un espacio colectivo, compartido, de constitución subjetiva y de despliegue lúdico. En donde la cultura circule y se haga palabra desde la singularidad de quien la enuncia y de quien la escucha, de quienes la comparten y se comprometen en un juego apasionante: el de desafiar a la ciencia, al arte y a la cultura.